Capítulo 6

•enero 2, 2008 • Dejar un comentario

Los tres hombres caminaron en rígida formación hacia el fondo de la librería, justo donde yo me encontraba. Se detuvieron justo a un palmo del mostrador. Los dos policías se situaron detrás del que parecía ser un inspector o alguien importante.

  • Buenos días, ¿es usted Jake Mathew?

  • Si, soy yo – conteste con desconfianza -¿Qué desean?

  • Soy el Señor Stevenson, inspector de policía y estamos investigando un suceso.

  • ¿Suceso? ¿Tiene que ver conmigo?

  • Aun no lo sabemos y, por favor, las preguntas las hago yo.

El hombre de la gabardina saca una pequeña libreta y una pluma y empieza a escribir. Su tono de voz denota que es una persona frívola y sin escrúpulos, uno de esos tipos con los que uno desearía no cruzarse nunca.

  • ¿Conocía a una señorita llamada… Miselle Villefomt?

  • Si…-respondí con inseguridad- alguna vez contrate sus servicios.

¿Miselle? No tarde demasiado en responder ese mismo nombre había pensando minutos antes cuando hablaba de ella. ¿Qué tiene que ver ella en todo esto? ¿Y porque vienen a mí?

  • Muy bien. ¿Y la había visto hace poco?

  • No hace tiempo que… no frecuento esos ambientes.

  • Muy bien – respondió sórdidamente.

Parecía estar anotando punto por punto nuestra conversación en su libreta. La pluma parecía bailar en la hoja; como si fuera un compás cada poco tiempo la pluma parecía descender un poco más hasta llegar al fondo. Cada vez que bajaba la pluma iba moviéndose con menos velocidad debido a la dificultad de su dueño por escribir con la libreta en su mano.

Después de un par de preguntas e irritado por su actitud le pregunte si le habia pasado algo. “Esta muerta”, es lo único que supo decirme después de dejar la pluma y mirarme fijamente. Después siguió preguntándome y haciendo bailar la pluma.

-¿Sabes quien a podido comer el crimen?

- ¿Es que la asesinaron?- pregunte contrariado

- ¡Le repito que aquí hago yo las preguntas!

Los dos policías de atrás, que hasta ahora parecían estar absortos en mirar a otra parte se inquietaron. Estoy seguro que ellos conocen mejor que yo al inspector y no es bueno hacerle enfadar. El de la derecha, un policía que parece bastante joven para ser policía gira la cabeza como intentando buscar a alguien en la tienda que le ha llamado.

  • Creo que seria conveniente que nos acompañe a comisaría. Aun tengo que hacerle algunas preguntas.

  • ¿Pero porque? Yo no he hecho nada… ¿Acaso creen que fui yo?

  • No señor Mathew pero puede tener relación con usted.

Se guardo la libreta en un bolsillo interior de la gabardina y se dio media vuelta. En esos instantes los dos policías se pusieron firmes mirando al frente.

  • Por favor señores, escolten al señor Mathew hasta la comisario

  • Si señor- respondieron los dos al unísono..

¡No podía creérmelo!, inconscientemente me fui alejando hasta chocar con la pared que había detrás mía. ¿Qué querían de mí? Esos dos policías rodearon el mostrador y se me pusieron uno a cada lado. Me pidieron por favor que los acompañara sin resistencia.

No tuve tiempo de coger ninguna cosa cuando ya estaba saliendo por la puerta de mi librería. Allí se había formado un pequeño tumulto debido al coche de policía aparcando en frente. Muchos de los transeúntes observaban curiosos y cuchicheaban preguntándose que había pasado. Yo, aun sin saber que estaba pasando, salí sin hacer demasiado caso a la turba. Cuando levante la cara vi algunos rostros conocidos, entre ellos estaba mi vecina, la señora Parkist, una vieja mujer muy amable y dulce que siempre había sido muy amiga de mi tía.

  • Por favor señora Parkist, ve a buscar a mi tía. Dígale que estoy bien y que no he hecho nada.

Fue lo único que atine a decir y lo único que conseguí es un empujón de uno de mis guardias, pues así empezaba a verlos, que se apresuro mas en meterme en la parte de atrás del carruaje. De un tirón el carruaje se puso en marcha con dos policías y yo metidos en la parte trasera. El cochero dirigió el carro calle abajo hasta girar en una esquina. En ese instante deje de oír el ruido de la muchedumbre alrededor de mi tienda. No recuerdo bien por que calles circulamos pero el trayecto duraría unos eternos quince minutos.

Capítulo 5

•diciembre 30, 2007 • Dejar un comentario

Los rayos del sol traspasaban la ligera cortina cegándome los ojos. Di un enorme bostezo, me estire y me levante de la cama. Después de vestirme y desayunar, me dirigí como cada mañana a la librería.

Por el camino, un chico voceaba la noticia de un nuevo asesinato con el periódico; nada extraño siendo Londres. Llevaba una gorra marrón y unos pantalones cortos y estaba subido a una pequeña caja de madera intentando que la gente le prestara atención.

Me acerque al chico y por un penique le compre uno de los periódicos. Me sorprendí al comprobar que era verdad. El asesino había matado a una prostituta y se había dado a la fuga. Se cree que el motivo era robarle las joyas.

Corrí hacia mi librería con aire fugaz. Casi sin pensarlo abrí la gran cerradura de la puerta y coloca el periódico en el mostrador. Sigo leyendo la noticia: “La victima aun no ha podido ser identificada por su nombre real”

  • Nada mas ponía en la escueta noticia que había en el reborde de la primera pagina.

Aun así aparecía el nombre del burdel y me sorprendió comprobar que lo conocía.

Hacia bastante tiempo que en una noche de juerga había caído en aquel burdel. Había conocido a aquella bella mujer en aquel antro. Le pregunte como había acabado en su sitio así y me contó una breve historia de su niñez.

Su madre era de origen francés pero tuvo que emigrar y se puso a trabajar en una hermosa casa en York al cargo de una familia rica. Por supuesto, y como solia pasar el hijo mayor del señor se fijo muy pronto en la belleza de su criada. El joven conde la estuvo camelando durante días e incluso semanas con promesas de ser su esposa y de amor eterno.

Unas cuantas copas de más y 3 horas a solas y los dos estaban fornicando en la habitación del “señorito”. De ese inesperado encuentro nació Miselle, la prostituta que me contó la historia. Claro esta cuando la familia se entero “del asunto” despidieron a la madre de Miselle. Ella tuvo que irse a vivir como una sirvienta a un viejo caserío en el campo. Allí nació Miselle en el establo.

Cuando creció y su madre murió, decidió irse a vivir a la ciudad. Corrían rumores que había trabajo para todos pero esto, claramente, no era así. Después de ahorrar suficiente haciendo algunos trabajos extra llego a una ciudad fría, apestada de gente y sin un trabajo. Se encontraba igual que en la granja solo que sin cobijo. Vagó por las calles hasta encontrarse con una vieja señora demasiado vieja y empolvorada para tener un mínimo de belleza.

-Lo demás- me dijo- te lo puedes imaginar…

Resulta paradójico que naciera igual que los niños Jesús. Y, mientras Jesús predicaba el amor en la Tierra, ella…bueno, ella francamente también predicaba el amor, pero de otra manera. Aun así me da lastima y no fui capaz de acostarme con ella.

Mientras sigo ensimismado en este pensamiento la campana de la entrada suena otra vez. Un hombre seguido por dos policías entra en mi librería. Su serio rostro me dice que algo no va bien.

Capítulo 4

•diciembre 28, 2007 • Dejar un comentario

Esta noche pensaba matar a una prostituta. Lo más difícil seria encontrar una que valiera la pena matar. La mayoría de los burdeles de segunda clase estaba repleta de viejas prostitutas enfermizas o chicas poco agraciadas cuya única salida, al no encontrar un pretendiente, era ejercer la prostitución.

Podría dirigirse a un burdel de mayor estatus con bellas mujeres capaces de paliar hasta el deseo mas desenfrenado de un hombre pero no disponía del suficiente dinero ni aunque se lo robara a un ricachón a esas horas de la noche.

Se decidió a ir a un mohoso burdel controlado por una vieja arpía con una gran papada que le cubría el cuello. Cuando hablaba rápidamente, la grasa acumulada se le movía creando el efecto óptico de que hablaba por dos bocas a la vez.

Miró su reloj y comprobó que aun eran las dos y seis minutos, hacia cinco que la había mirado pero quería asegurarse. El burdel estaba dos calles mas haya así que no tenía que correr. Mientras caminaba, pensaba quien valía la pena matar. Querida una amante de una noche con la que hacer el amor. No es que se sintiera solo y con necesidad de buscar una mujer simplemente “quería divertirse un poco esta noche y marcharse por la mañana”. Quería amar aunque solo fuera por unos instantes; luego, todo ese amor se evaporaría como una cortina de humo.

El burdel estaba semioculto a la izquierda de la calle entre dos tiendas con escaparates polvorientos. Estaba cubierto por una fachada de color grisáceo con una pequeña puerta verde en el centro.

Nuestro personaje cruzo la calle. Esta se encontraba salpicada por unas pocas siluetas que se iban perdiendo en la oscura noche. Picó a la puerta tres veces. Una ranura se abrió dejando entrever dos enormes ojos negros. Le pregunto si deseaba algo en particular.

  • Si, deseo mujeres y diversión…- le respondió en tono burlón dejando escapar una sonrisa.

La oscuridad de la calle no dejó ver al portero el rostro del hombre que cruzaba la puerta, tampoco se fijo mucho en él dado que decenas o, incluso, cientos de hombres desfilaban por esa puerta cada noche.

El misterioso hombre cruzó el pasillo de la sala hasta sentarse en un sillón del final. Mientras se quitaba el sombrero pudo percibir el aire cargado a sudor y perfume barato en un intento desesperado para camuflar el olor a rancio de aquella habitación.

Observo a las prostitutas que se encontraban en la sala, algunas estaban fumando en los brazos de fornidos hombres; otras estaban en grupo charlando y riendo, una de ellas hacia un chiste sobre la impotencia de los hombres mientras las otras reían escandalosamente. Alguna de ellas agarraba de la mano a un hombre y, tras unas breves palabras, subían a las habitaciones de arriba.

Mientras observa una de ellas se le acerca. De aspecto frágil y tez blanca, tiene unos hermosos ojos azules y un pelo rubio bastante descuidado que se deja ver en los mechones de mugre pegada en su pelo.

- Me alegra volver a verte…-le dice sonriendo

-¿Me conoces?- le dice incrédulo.

- Claro que te conozco.

- Lo siento, debes de haberme confundido; nunca he estado aquí antes.

Acto seguido, y después de una corta conversación, los dos se dirigen a una de las habitación que hay en los dos pisos de arriba. Antes de subir las escaleras, había un pequeño mostrador anidado por aquella vieja arpía con sus ojos sin brillo. Un libro de visitas se encuentra puesto en el mostrador. Mientras que lo lee detenidamente la vieja arpía se fuma un cigarrillo hablando con una de sus empleadas sin prestarle atención. Lee algunos de los nombres que en ella están inscritos; pasa de página y lee: Jake Mathew. Sonríe enseñando toda la perfecta dentadura. Luego lo agarra y escribe: Leonidas Gardósil. Naturalmente, es un nombre falso, como la mayoría de los nombres de esa libreta. Nadie da su verdadero nombre o mejor dicho, nadie que tenga algo que perder. Más de un matrimonio se ha roto cuando la madame aparece en casa con su nombre y firma intentando sobornarle para que no le cuente a su mujer los escarceos amorosos de su marido.

La mayoría no accede, no porque no tenga miedo a su mujer, sino a que no tiene suficiente dinero ni para pagar la mitad de lo que le exige. En cambio, muchos hacen el trato de volver cada poco al burdel para ir “pagando la deuda”. Por supuesto, algunos aprenden la lección y escriben nombres como “a quien le sacas el dinero cada mes” o “quien tú ya sabes”. Muchos de esos nombres aparecen escritos en el libro.

Después de firmar, la prostituta coge un pequeño candelabro con una vela y sube con el hasta una habitación situada en la tercera planta del burdel. En su camino se encontramos con varias parejas que bajan o suben de la planta. Entran en la estancia, bastante pequeña pero lo suficiente para caber dos personas, una cama y una mesita con un lavamanos. La única ventana que existe en la habitación da a la parte trasera del burdel. Es un agujero minúsculo tallado en cristal y madera por el que no entra ni una brisa de aire.

Miselle, la prostituta, deja el candelabro en la mesita y se sienta en la cama. Mientras deja el sombrero en el suelo y se quita el abrigo nota la navaja moverse en bolsillo interior de su ropa. Mete la mano solo para asegurarse de que esta ahí. La toca, esta fría al tacto, como si fuera hielo; quieta a la espera de actuar. La suelta y en ese momento la prostituta le habla:

  • Bueno mi amor, es hora de empezar…no tenemos toda la noche.

  • Es una pena que no, Miselle.

Mientras la prostituta se va quitando el vestido ya arrugado, el se va desvistiendo poco a poco.

  • Primero haré el amor con ella- pensó el desconocido que ahora se encontraba totalmente desnudo.

Acabados de hacer el amor y extenuados en la pequeña cama; el se derrumba sobre ella y así permanecen unos instantes. Ella agotada sonríe en la cama, cuando el se levanta a coger algo de sus ropas. Miselle se tapa con la única sabana que hay en la cama. Se levanta y se acerca al lavamanos para limpiarse un poco las manos.

  • Será mejor que me vaya vistiendo ya…

La pobre Miselle no pudo acabar de decir la frase. Un golpe contundente con un objeto grueso la dejo inconsciente cayendo al suelo como un peso muerto. Si no fuera por que el desnudo hombre cogió el lavamanos este hubiera caído haciendo un estrepitoso sonido. Nunca sabremos con que le golpeo pero si lo que haría con ella.

La tumbó sobre la cama, se vistió y saco su navaja. La navaja parecía estar helada en contraste con la piel aun caliente de Miselle.

Acabado el trabajo miro el reloj, eran casi las 4 de la mañana. Se limpio en el lavamanos, cerro la puerta y se marcho con aire apresurado del burdel. Supo que todo el esfuerzo valió la pena cuando, recorriendo ya la calle oyó el grito potente y agudo de una mujer al encontrar el cuerpo de Miselle. Era la madame que se había preocupado al no verla bajar con el.

La policía llegara en unas horas más o menos. Al entrar se encontraran a la prostituta llena de cortes profundos por todo el cuerpo. Le habían cortado la garganta para impedir que chillara, luego aun con vida le habían cortado los ojos dejándola ciega y desangrándose poco a poco. La pobre mujer había muerto sola, y ciega sin poder ver como aquel sádico hombre se reía mi entras le cortaba la cara. En el fondo de la habitación, escrito con sangre aun fresca esta la palabra: Quimera.

 
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